¡Ha iniciado!

El ocaso al acecho y las presas sin dejar huella desaparecían, como si nunca existieran, como si la vegetación reinara sola y única en la tierra, mientras el ermitaño respiraba grueso y hundido en la preocupación, corría entre las ramas, caía y levantaba, con la sabiduría de los días pasados, de las lunas olvidadas, de un pasado demasiado extenso para cualquier humano. No podía descansar, al menos no por ahora.


La razón del tiempo y la quietud del vado reflejando el hilo de luz necesario para el llamado – madre dame la respuesta, que el tiempo apremia – y la tierra se estremecía bajo sus pies, rugía el volcán y desde su núcleo roncaba así un augurio – el hombre deberá entender ahora, ha llegado el tiempo – y callaba el viento mientras amenazante se alejaba la sombra invocada – que se haga lo que sea necesario, pero que aún no se anuncie. Al parecer ha iniciado una nueva guerra. Que los humanos elijan de qué lado quieren estar.


… y el anciano repetía – el tiempo ha llegado.

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